Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado.
«La sabiduría eterna de las letras reside en su capacidad de vencer al tiempo, despertar sentimientos y dejar huellas en el alma. Porque las palabras escritas con el corazón nunca mueren: permanecen vivas en cada página, en cada recuerdo y en cada persona que encuentra en ellas un motivo para soñar, aprender y comprender la vida»
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lunes, 26 de octubre de 2026
El ramo azul - Octavio Paz
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“Dedicada a todos los que siguen queriendo ser diferentes y luchan contra aquellos que desean que seamos iguales.” ― Albert Espinosa
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